Las luces brillantes y los vítores de la multitud resuenan en el Estadio Azteca, donde millones de ojos están fijos en la pantalla, ansiosos por disfrutar de la fiesta del fútbol. Sin embargo, fuera de las tribunas, una realidad desgarradora se despliega en el contexto de la Copa del Mundo 2026. Un grupo de madres se manifiesta con carteles que muestran las fotografías de sus seres queridos desaparecidos, reclamando al Estado lo que les corresponde: respuestas y justicia.
A medida que la multitud celebra en el interior del estadio, estas mujeres enfrentan cordones de seguridad y cámaras de medios de comunicación, elevando su voz en un grito desesperado por la verdad. "Soy una madre que busca a su hijo, como muchas aquí. Permítannos pasar, queremos recuperar a nuestros hijos", clama una de ellas, resonando con la desesperanza y la angustia que caracteriza su lucha. La escena evoca recuerdos de la emblemática lucha de las Madres de Plaza de Mayo en Argentina durante la dictadura militar, cuando un puñado de valientes mujeres se atrevió a desafiar al poder para buscar a sus hijos desaparecidos.
En este contexto, la historia de Leticia Hidalgo se convierte en un símbolo de la lucha contra la desaparición forzada en México. En 2011, su hijo Roy fue secuestrado en una ola de violencia que asolaba Nuevo León, un estado marcado por el miedo y la inseguridad. Desde ese trágico día, Leticia se transformó en una buscadora, un término que en aquel entonces no era ampliamente conocido en su país. Con el tiempo, su dolor se canalizó en la creación del colectivo Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos Nuevo León (Funden NL), un grupo que ha logrado visibilizar la problemática de los desaparecidos en México.
La violencia que azotaba a la ciudad de San Nicolás de los Garza en 2011 era palpable. "Ya habíamos comenzado a notar los secuestros. Era como si nuestra ciudad estuviera en guerra", relata Leticia. La llegada de grupos del crimen organizado y el colapso de la seguridad pública transformaron la vida cotidiana en un lugar donde el miedo reinaba. El último día que vio a su hijo, un grupo de hombres armados irrumpió en su hogar, llevándose a Roy ante la impotencia de su familia. La experiencia no solo marcó sus vidas, sino que también las convirtió en defensores de una causa que trasciende lo personal.
La similitud entre las imágenes que se observan hoy en el Azteca y las de hace casi cinco décadas en Argentina no son mera coincidencia. Las madres buscadoras de México han aprendido de las estrategias de las Madres de Plaza de Mayo, quienes utilizaron la visibilidad pública para exigir justicia. Sin embargo, la historia de América Latina revela que las lecciones parecen no haber sido asimiladas por los gobiernos, que continúan enfrentando la crisis de la desaparición forzada con ineficacia y desinterés.
El fenómeno de la desaparición forzada en México es un tema complejo que ha crecido en las últimas décadas, exacerbado por la guerra contra el narcotráfico y la corrupción institucional. Las cifras son alarmantes: miles de personas permanecen desaparecidas, y las familias enfrentan un sistema que las ignora o las revictimiza. Mientras las madres continúan su lucha, cada imagen de una madre con un cartel en mano representa no solo una búsqueda personal, sino también un grito colectivo que exige un cambio radical en las políticas de derechos humanos en el país.
La manifestación que tuvo lugar en el Mundial 2026 no solo es un recordatorio de la larga lucha de estas mujeres, sino que también llama la atención del mundo sobre una crisis que demanda acción inmediata. Al igual que en el pasado, su lucha no es solo por sus hijos, sino por un futuro en el que la vida y la dignidad sean respetadas. En cada paso que dan, estas mujeres desafían la opacidad del poder y se convierten en voces de esperanza y resistencia en una sociedad que aún no ha encontrado respuestas a su dolor.



