Al atardecer de un día de semana, una formación del Ferrocarril Mitre arribó a la estación de Retiro. Bajé junto con cientos de pasajeros que avanzaban en silencio por la plataforma, todavía envueltos en la penumbra y cargando el cansancio de la jornada. En medio de esa multitud, una joven llamó mi atención de inmediato. No sé si fue su belleza o su porte elegante, pero parecía tener una luz propia, distinta de la del resto.
La observé mientras la corriente de personas nos llevaba hacia la salida. Tenía el pelo negro, largo hasta la cintura, y rasgos delicados. Vestía una pollera larga, aparentemente de gasa, y su manera de caminar recordaba a la de las bailarinas rusas, las beriozkas: más que avanzar, parecía deslizarse. La seguí con la mirada hasta que llegó al sector de los molinetes y se detuvo apenas frente a uno de ellos.
Entonces ocurrió lo inesperado. La muchacha levantó una pierna, después la otra, atravesó el molinete y continuó su camino, etérea, sin pagar el pasaje. Quedé boquiabierto. Mientras apoyaba mi SUBE para cruzar, pensé en la presencia que estos dispositivos tienen en la vida cotidiana. Hay molinetes en el subte, los estadios, las empresas, los museos, las universidades, los parques de diversiones y los aeropuertos. Tal vez hasta tengamos más desarrollado un sector del cuádriceps de tanto empujar esas barras metálicas que se interponen entre nosotros y nuestros destinos. Pero ¿de dónde surgieron estos artefactos, hoy tan habituales? Sus orígenes se remontan...



