El 29 de junio de 1973, Santiago de Chile fue escenario de un acontecimiento trágico que quedaría grabado en la memoria colectiva de América Latina. En las primeras horas de esa mañana, el periodista sueco Jan Sandquist y el camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen se encontraban alojados en el Hotel Crillón, listos para realizar una entrevista con el senador comunista Volodia Teitelboim. Sin embargo, el sonido ensordecedor de los disparos y el rugido de los tanques que recorrían las calles cambiaron drásticamente sus planes. “¡Bajá enseguida, tenemos que filmar esto!”, fue la orden que Sandquist le dio a su compañero, marcando el inicio de una jornada fatídica que culminaría con la muerte de Henrichsen.

Leonardo Henrichsen, nacido en Buenos Aires en 1940 y padre de tres hijos, había dedicado su vida al periodismo. Con una trayectoria que incluía la cobertura de catorce golpes de Estado en diferentes países de América Latina, su carrera había comenzado a una edad temprana, cuando un regalo lo llevó a descubrir su pasión por la cinematografía. Tras formarse en Sucesos Argentinos y trabajar en Canal 7, Henrichsen se estableció en Chile para cubrir la creciente tensión política que envolvía al gobierno de Salvador Allende, quien había llegado al poder en 1970 con promesas de reformas sociales y económicas profundas.

La situación en Chile en ese momento era extremadamente volátil. Allende, el primer presidente socialista elegido democráticamente en el continente, enfrentaba un panorama de creciente desestabilización impulsada desde el exterior, particularmente por el gobierno de Richard Nixon, que buscaba deslegitimar su administración. La inflación y el desabastecimiento se habían convertido en problemáticas críticas, y la polarización política se intensificaba tanto en las calles como en las instituciones. Dentro del Ejército, las facciones que abogaban por la continuidad democrática chocaban con aquellos que clamaban por un golpe de Estado, creando un clima de tensión insostenible.

El ‘Tanquetazo’, como se conocería posteriormente al levantamiento liderado por el teniente coronel Roberto Souper, representó un punto de quiebre en esta crisis. Con el respaldo del movimiento extremista Patria y Libertad, Souper decidió llevar sus tanques a las calles de Santiago, desatando un caos que se traduciría en una violenta represión. Henrichsen, en su afán por documentar la realidad de su tiempo, se adentró en esta vorágine, sin imaginar que estaba a punto de convertirse en protagonista de una tragedia personal y colectiva.

Durante esa mañana, mientras las balas silbaban en el aire y los gritos resonaban en las calles, Henrichsen logró captar con su cámara la brutalidad de la represión. Sin embargo, su valentía le costaría la vida: un disparo acabó con su existencia, convirtiéndolo en una de las primeras víctimas del régimen que se instauraría con el golpe de Estado de Pinochet dos meses después. Su trabajo periodístico, que antes había sido un testimonio de la lucha por la democracia, se transformó en un símbolo del sacrificio de quienes arriesgaron todo para contar la verdad.

La muerte de Henrichsen no solo marcó un hito en la historia del periodismo argentino y chileno, sino que también evidenció el costo humano de la lucha por la libertad de expresión en un contexto de opresión. A través de su lente, el mundo pudo atestiguar la brutalidad del régimen que se avecinaba, y su legado perdura hasta nuestros días como recordatorio de la importancia de la memoria histórica. La polarización que desencadenó el ‘Tanquetazo’ no solo fue un fenómeno político; fue un reflejo de las divisiones profundas que aún persisten en la sociedad chilena, y que invitan a la reflexión sobre el presente y el futuro del país.

El caso de Henrichsen nos obliga a recordar que la búsqueda de la verdad en tiempos de crisis es una tarea peligrosa y a menudo, trágica. A medida que el mundo observa acontecimientos similares en otras latitudes, su historia resuena como un eco de advertencia sobre los riesgos que enfrentan quienes se atreven a desafiar el silencio impuesto por la violencia y la represión. Recordar a aquellos que cayeron en esta lucha es un acto de justicia y un compromiso con la defensa de los derechos humanos y la libertad de prensa.