El 29 de junio de 1987, a tan solo dos días del 13° aniversario del fallecimiento de Juan Domingo Perón, un acontecimiento perturbador sacudió la memoria del líder justicialista. Delia Perón, sobrina del expresidente, y su esposo, Roberto García, realizaron su tradicional visita a la tumba de Perón en el Cementerio de la Chacarita. Este ritual familiar tenía como objetivo asegurarse de que todo estuviera en orden para los homenajes que se organizarían en honor a su figura. En aquel momento, la Argentina atravesaba un periodo político y económico convulso, ya que el gobierno de Raúl Alfonsín lidiaba con las secuelas de la última dictadura militar y los desafíos de una joven democracia aún en formación.

Al llegar a la tumba, la pareja se encontró con una escena desgarradora. La tumba había sido profanada, lo que desató una ola de horror y consternación. Roberto García, en su declaración ante las autoridades, describió la situación: faltaban la gorra, el sable y la bandera que cubría el féretro. Además, la claraboya de la bóveda estaba dañada y el suelo estaba cubierto de fragmentos de vidrio que indicaban el violento acceso al lugar. Un boquete en el vidrio blindado, de 170 kilos y protegido por doce llaves, evidenciaba el nivel de planificación y audacia de los profanadores.

La noticia de este violento acto no tardó en propagarse a través de los medios de comunicación, generando una conmoción que trascendía el ámbito familiar. Los titulares no se hicieron esperar: “Robaron el sable, la gorra y la bandera de Perón” fue uno de los más resonantes. Pero el horror no terminó ahí; al día siguiente se reveló que las manos del cadáver también habían sido amputadas, un hecho que sumaba un componente macabro a la historia. La mezcla de reacciones oscilaría entre la indignación, la curiosidad y la especulación sobre las motivaciones detrás de este acto.

La investigación se encomendó al juez Jaime Far Suau, quien formó un equipo de trabajo encabezado por el comisario Carlos Zunino. Este grupo, compuesto por especialistas en rastros y peritos forenses, se dispuso a examinar la escena del crimen. Utilizando las doce llaves disponibles, los peritos accedieron a la bóveda y, al destapar el féretro, descubrieron la falta de las manos del exmandatario. Los análisis forenses indicaron que las amputaciones habían sido realizadas con herramientas quirúrgicas, lo que planteó interrogantes sobre la técnica y la premeditación del acto.

Las manos fueron seccionadas de manera precisa, aunque con diferencias notables en los cortes, lo que llevó a especulaciones sobre el perfil de los profanadores. La mano derecha había sido cortada a la altura de la muñeca, mientras que la izquierda presentaba un corte más complejo. Esto sugirió que podría haber un conocimiento específico o un ritual detrás de la profanación, lo que alimentó numerosas teorías que vinculaban el hecho a motivaciones políticas, económicas o incluso ocultistas. La atmósfera de incertidumbre y miedo que rodeó el caso se intensificó a medida que emergían diversas hipótesis sobre el paradero de los objetos robados y las manos del líder justicialista.

La profanación de la tumba de Perón dejó una marca indeleble en la memoria colectiva argentina. Más allá del acto en sí, el episodio reflejó las tensiones y conflictos que aún persistían en la sociedad. La figura de Perón, cargada de simbolismo y controversia, se convirtió en un foco de debate que abarcaba desde el legado político hasta la cultura popular. En un contexto de inestabilidad, el robo de estos objetos sagrados se vio como un ataque no solo a la memoria de un líder, sino a la identidad misma de un movimiento que había moldeado la historia reciente del país.

A medida que avanzaba la investigación, la falta de respuestas claras alimentó la narrativa de un misterio sin resolver. La complejidad del caso se tornó un reflejo de la Argentina de aquellos años, donde las heridas del pasado y la lucha por el presente eran parte de un entramado social en constante evolución. La profanación de la tumba de Perón no solo dejó interrogantes sobre los responsables, sino que también dejó una estela de reflexiones sobre el valor de la memoria y el respeto a aquellos que definieron un capítulo crucial de la historia nacional.