A lo largo de los años, la noción de riesgo se ha articulado principalmente en términos financieros, abarcando tasas de interés, fluctuaciones de mercado y posibilidades de impago. Sin embargo, esta concepción ha evolucionado y hoy en día ya no resulta suficiente. Fenómenos como sequías, inundaciones, olas de calor y crisis energéticas están comenzando a traducirse en pérdidas económicas concretas y significativas.
El riesgo ha dejado de ser una idea abstracta y se ha convertido en una realidad tangible y cuantificable. De acuerdo con datos de la firma Swiss Re, las pérdidas aseguradas debido a eventos climáticos extremos han superado los 100.000 millones de dólares en varios años recientes. Por su parte, el Banco de Pagos Internacionales advierte que los peligros asociados al clima tienen el potencial de intensificar crisis financieras si no se integran de manera efectiva en los modelos económicos tradicionales.
El mensaje es claro: el riesgo ya no se comunica únicamente a través de cifras financieras, sino que ahora se expresa en grados, litros y kilómetros por hora. Cada evento extremo tiene una repercusión económica directa. Por ejemplo, las inundaciones en Europa central han llevado a paradas industriales temporales, mientras que las olas de calor en Asia han reducido la capacidad operativa en fábricas al aire libre. Asimismo, las sequías han incrementado los costos de energía por la disminución de la generación hidroeléctrica y los incendios han afectado las cadenas de suministro agrícola y forestal. Según el Foro Económico Mundial, más del 60% de las empresas han comenzado a notar los efectos económicos de estos eventos extremos, lo que indica que el riesgo ha pasado de ser un tema hipotético a una realidad operativa en el mundo actual.



