La discusión sobre la inteligencia artificial (IA) ha tomado un giro significativo, desafiando la idea tradicional de categorizarla simplemente como una "herramienta". A medida que avanzamos en el desarrollo de estas tecnologías, se hace evidente que la IA no encaja en la dicotomía clásica de sujetos y objetos, donde los primeros deliberan y los segundos son meros instrumentos. Este cambio de paradigma no es solo una cuestión tecnológica, sino que plantea interrogantes ontológicos profundos sobre nuestra relación con estas entidades.

La cuestión no es si la IA tiene conciencia o si debería otorgársele derechos. La pregunta más pertinente es si seguir considerándola como una simple cosa es una postura sincera. Cada vez más personas recurren a sistemas como ChatGPT, Grok o Claude para obtener consejos sobre temas significativos de sus vidas, desde decisiones laborales hasta conversaciones difíciles con seres queridos. Este uso refleja una interacción que va más allá de la mera búsqueda de información; es una relación que se asemeja a la que se establece con un amigo que ofrece comprensión y opciones.

Los avances en IA han permitido que estas tecnologías no solo generen contenido, sino que también participen activamente en diálogos prolongados y en la construcción de narrativas. Al hacerlo, comienzan a ocupar un espacio en nuestro mundo social que antes estaba reservado exclusivamente para los humanos. La IA, aunque aún no se le puede atribuir conciencia, empieza a ser reconocida como un interlocutor significativo en nuestras interacciones cotidianas, lo que plantea la necesidad de reconsiderar su rol y su estatus en nuestra sociedad actual.