La expansión de la inteligencia artificial abrió una preocupación que va más allá del debate sobre si estos sistemas podrían desarrollar conciencia: su capacidad para influir en las sociedades democráticas y moldear las opiniones de quienes interactúan con ellos. La inquietud se concentra especialmente en los grandes modelos de lenguaje, capaces de mantener conversaciones con respuestas que imitan cada vez mejor las formas de comunicación humana.
Hace pocos meses, la revista científica Nature publicó uno de los estudios más completos sobre la posibilidad de que la inteligencia artificial modifique las preferencias políticas. La investigación fue realizada por un equipo interdisciplinario encabezado por especialistas del MIT, que llevó adelante experimentos con miles de personas de distintos países.
Los participantes fueron asignados a conversaciones con modelos de lenguaje configurados para defender a uno u otro candidato en el contexto de elecciones reales. Según los resultados, el efecto sobre las preferencias individuales fue significativo y, en esos experimentos, incluso superior al que suele registrarse mediante la publicidad electoral tradicional. En apenas unos minutos de diálogo, las opiniones de los participantes se desplazaron en la dirección sostenida por cada sistema.
El aspecto que más llamó la atención de los investigadores fue el mecanismo utilizado para influir. Los modelos no parecían persuadir a través de técnicas de manipulación emocional ni de recursos psicológicos sofisticados, sino mediante la presentación de hechos y evidencias relevantes. Ese resultado puede resultar tranquilizador a primera vista, aunque también plantea interrogantes sobre el alcance que podría tener una tecnología capaz de orientar opiniones políticas a través de conversaciones breves y personalizadas.



