Mama Antula, nacida en Santiago del Estero en 1730, desafió las expectativas de su época al optar por un camino fuera de lo convencional para las mujeres del siglo XVIII. En lugar de buscar refugio en un convento, decidió consagrarse como beata laica, llevando su mensaje espiritual a la vida pública. Sin el respaldo formal de una institución, se convirtió en una misionera itinerante, organizadora de encuentros y predicadora en un contexto profundamente adverso.

Su labor principal se centró en la promoción de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, justo después de la expulsión de los jesuitas en 1767, un hecho que impactó notablemente la vida religiosa en el Río de la Plata. Mientras muchos consideraban que era un acto de desobediencia continuar con estas prácticas, Mama Antula lo vio como una necesidad urgente. Con la convicción de que alguien debía mantener viva esta tradición espiritual, asumió la responsabilidad de ser esa voz en un momento crítico.

Con su característico hábito negro y un manto que cubría su cabeza, Mama Antula recorrió vastas distancias, llevando su mensaje de introspección y conversión profunda a diversas comunidades. Aunque enfrentó desconfianza y oposición tanto de autoridades civiles como de sectores del clero, su perseverancia y tenacidad la llevaron a construir la Santa Casa de Ejercicios Espirituales en Buenos Aires a fines del siglo XVIII, un logro notable que consolidó su legado y su influencia en la espiritualidad argentina.