El Papa León XIV, en una reciente carta dirigida a los líderes de las Órdenes Franciscanas, anunció el inicio del "Año Jubilar Franciscano", que se desarrollará desde el 10 de enero de 2026 hasta el 10 de enero de 2027. Este año conmemora los ochocientos años del fallecimiento de San Francisco de Asís, figura central de la espiritualidad cristiana. En este contexto, el pontífice destaca la importancia de recordar el legado del santo y su mensaje de paz y fraternidad, que sigue resonando en el mundo contemporáneo.
Sin embargo, en este aniversario surge una figura que ha permanecido en las sombras de la historia oficial: Jacoba de Settesoli. No era simplemente una seguidora de San Francisco, sino que fue, en sus propias palabras, un "hermano" del santo, compartiendo una conexión que desafiaba las normas sociales y eclesiásticas de su época. La relación entre Jacoba y Francisco no solo abarcó la admiración, sino que se fundamentó en una profunda amistad, que la llevó a estar a su lado en los momentos más cruciales de su vida y muerte.
A menudo, cuando se menciona a San Francisco, se recuerda a Santa Clara de Asís como su compañera más cercana. Sin embargo, la historia de Jacoba de Settesoli, conocida en italiano como Giacoma de Settesoli, revela un papel fundamental en el movimiento franciscano. A pesar de que su figura ha sido relegada a un segundo plano en muchas biografías, su contribución fue esencial en la propagación de los ideales franciscanos y en el acompañamiento del santo en sus últimos días. La historia de Jacoba es un testimonio de cómo las mujeres de su tiempo, a pesar de ser frecuentemente invisibilizadas, jugaron papeles claves en la historia religiosa y social de su época.
Jacoba, que algunos historiadores sugieren que originalmente se llamaba Jacopa de’ Normanni, provenía de una familia de nobleza normanda establecida en Italia. Su vida dio un giro significativo cuando fue unida en matrimonio a Graziano Frangipane de’ Settesoli, miembro de una de las familias más influyentes de Roma. Este enlace matrimonial no solo elevó su estatus social, sino que también la colocó en el epicentro del poder feudal romano, rodeada de lujos y privilegios. La familia Frangipane era conocida por su dominio sobre el Septizonio, una monumental edificación erigida por el emperador Settimio Severo, que se había transformado en un baluarte familiar tras la caída del Imperio Romano.
A pesar de su entorno privilegiado, la juventud de Jacoba estuvo marcada por las responsabilidades de un matrimonio arreglado y la crianza de sus dos hijos, Giovanni y Giacomo. La muerte de su esposo en 1217 dejó a Jacoba viuda a una edad temprana, lo que le otorgó la oportunidad de desafiar las expectativas sociales de su época. Como viuda de un Frangipane, asumió un rol de liderazgo inusual para las mujeres de su tiempo, gestionando el extenso patrimonio familiar y creando un legado que trascendería su propia vida.
Su relación con San Francisco se consolidó en estos años de viudez, cuando comenzó a acercarse a la comunidad franciscana y a abrazar los ideales de pobreza y servicio que promovía el santo. Jacoba no solo fue una benefactora del movimiento, sino que su compromiso con los valores franciscanos la llevó a convertirse en una figura de referencia dentro de la comunidad. La amistad entre ella y Francisco fue tan profunda que, en sus últimas horas, el santo la nombró "hermana", un título que simboliza la cercanía y el respeto mutuo que existía entre ambos. La historia de Jacoba de Settesoli es un recordatorio de que, a pesar de su relegación en los relatos históricos, su legado y su valentía desafiaron las convenciones de su tiempo y dejaron una huella indeleble en la historia del cristianismo.



