Roberto Ulloa, un ex guardiamarina argentino, recuerda con nostalgia su primera visión de la Isla de los Estados durante su adolescencia. Acompañado por su padre, se maravilló con las montañas que emergían entre las nubes en las frías aguas del sur. Tras cuatro décadas de servicio naval y de haber navegado en el Atlántico Sur, Ulloa se retiró y se dedicó a la enseñanza, pero un pensamiento persistente lo llevó a indagar sobre el patrimonio arqueológico de esa isla remota que había surcado en sus años de juventud.

La Isla de los Estados, ubicada a 25 kilómetros de Tierra del Fuego, se extiende a lo largo de 65 kilómetros y representa el último tramo de la cordillera de los Andes antes de sumergirse en el océano. Su paisaje, marcado por montañas, lagunas y una densa vegetación, ofrece una belleza singular, mientras que sus aguas, con corrientes traicioneras, han sido responsables de numerosos naufragios a lo largo de la historia. Antes de la llegada de los europeos, esta isla era visitada por pueblos originarios que navegaban en canoas, adaptándose a las difíciles condiciones del entorno.

En 1616, el navegante holandés Willem Schouten la denominó Statenlant, creyendo que formaba parte de la mítica Terra Australis Incognita. Con el tiempo, la isla fue testigo de importantes hitos históricos, como la instalación de un aserradero por Luis Vernet y la construcción de refugios por el comandante Luis Piedra Buena. En 2021, Ulloa y su colega Andrés Antonini realizaron una expedición que reveló el deterioro de los vestigios de la presencia humana en la isla. Al mismo tiempo, un grupo de arqueólogos del Conicet, interesados en estudiar la arqueología histórica de la región, se unió a Ulloa, dando origen a una misión que busca explorar y preservar la rica herencia cultural de este singular lugar.