En un conmovedor relato, una madre comparte su angustia al ver cómo su hija se desmoronaba físicamente sin poder hacer nada para evitarlo. Con un peso de solo cuarenta kilos y una altura de un metro setenta, la joven se encontraba en una situación crítica. A pesar de continuar practicando hockey, su rendimiento era deficiente, ya que la falta de masa muscular le impedía tener la fuerza y velocidad necesarias para el deporte.
Ante la negativa de su hija a buscar ayuda profesional, la madre decidió iniciar su propio tratamiento terapéutico. A través de esta experiencia, el especialista le hizo notar que los trastornos alimenticios a menudo tienen raíces emocionales que se vinculan al entorno familiar, especialmente a la relación madre-hija. En las sesiones, la madre comenzó a comprender que sus intentos de proteger a su hija habían tenido efectos adversos, ya que su sobreprotección resultaba asfixiante y limitante.
Con cada encuentro, la madre fue desentrañando la complejidad de su vínculo con la joven. Se dio cuenta de que al intentar evitarle sufrimientos, en realidad estaba contribuyendo a su sufrimiento. Un momento clave fue cuando el terapeuta le planteó una pregunta inquietante: "¿Por qué siente la necesidad de cuidar tanto a su hija de veintidós años?" Esta reflexión llevó a la madre a confrontar sus propios miedos, originados en un trauma de su infancia que la había marcado profundamente. Al tomar conciencia de su situación, su hija comenzó a mostrar signos de mejoría, poniendo de relieve la importancia de la salud emocional en el proceso de recuperación.



