La arqueología moderna debe gran parte de su desarrollo a la figura de Sir William Flinders Petrie, considerado el “padre de la egiptología contemporánea”. Antes de la adopción de métodos científicos rigurosos en este campo, Petrie ya se destacaba por su enfoque sistemático y metódico, lo que transformó radicalmente la forma en que se llevaban a cabo las excavaciones y el estudio de los hallazgos.
Nacido en Londres en 1853, Petrie fue educado por su padre, un ingeniero civil que despertó en él un temprano interés por la medición y el análisis de estructuras antiguas. Desde su juventud, se dedicó a aprender sobre técnicas de agrimensura y desarrolló una afición por las monedas antiguas, pasando horas en el Museo Británico. Su llegada a Egipto en 1880 marcó el inicio de una nueva era en la arqueología, ya que introdujo métodos innovadores y un enfoque riguroso en la recolección de datos.
Durante su carrera, Petrie realizó excavaciones clave que cambiaron la forma en que se interpretaba la historia antigua. En Tanis, por ejemplo, descubrió los restos de una estatua monumental de Ramsés II, y en El Fayum, halló retratos romanos que reemplazaron a las tradicionales máscaras de momificación. Su trabajo en la datación de cerámica entre 4.000 y 3.100 a.C. estableció las bases para futuras investigaciones en la cronología del Egipto antiguo, subrayando que el verdadero valor de un objeto radica en la información que aporta, más allá de su materialidad.
La influencia de Petrie se extendió a sus contemporáneos, como Howard Carter, quien comenzó su carrera arqueológica a su lado. Aunque al principio Petrie dudó de las capacidades de Carter, su legado perdura en el enfoque metódico y analítico que promovió en el estudio de las civilizaciones antiguas. Su visión acerca de la importancia de los objetos cotidianos ha dejado una huella indeleble en la arqueología, convirtiéndolo en un referente esencial para futuras generaciones de investigadores.



