En las últimas décadas, la miopía ha emergido como una de las condiciones visuales más comunes en niños y adolescentes. Esta afección se caracteriza por la dificultad para ver objetos lejanos, mientras que aquellos que están cerca se perciben con claridad.
Las proyecciones globales son alarmantes, ya que expertos del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) estiman que cerca del 40% de la infancia podría padecer miopía para el año 2050. Este fenómeno ha generado preocupación en la comunidad médica, que busca entender los factores que contribuyen a su incremento.
Investigaciones recientes indican que el tiempo que los niños pasan mirando pantallas y la distancia a la que lo hacen, en entornos con escasa iluminación, son factores de riesgo más relevantes que la luz azul en sí misma. Un estudio del Colegio de Optometría de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) refuerza esta idea, sugiriendo que el esfuerzo visual prolongado en condiciones de baja luminosidad es el principal culpable del aumento en la incidencia de esta afección ocular. Asimismo, los antecedentes familiares también juegan un papel importante en el desarrollo de la miopía, sumándose a la influencia del entorno y el tiempo que los niños pasan al aire libre.



