En los últimos años, el consumo de agua con gas ha aumentado notablemente a nivel mundial, especialmente entre aquellos que buscan opciones más saludables en comparación con los refrescos azucarados. Organismos de renombre, como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Academia de Nutrición y Dietética de Estados Unidos, han señalado que el agua con gas, siempre que esté libre de azúcares y aditivos, es segura y ofrece una hidratación efectiva similar a la del agua sin gas.

Las proyecciones indican que para 2025, las ventas globales de agua con gas superarán los 8.430 millones de litros, con un incremento que supera el 10%. Este crecimiento es particularmente notable en regiones como Europa y América del Norte, donde cada vez más consumidores optan por bebidas sin azúcar. Sin embargo, se aconseja a personas con condiciones como reflujo gastroesofágico, hipertensión o problemas renales que controlen su ingesta y el contenido de sodio en estas aguas.

El agua con gas se caracteriza por contener dióxido de carbono disuelto, lo que le proporciona su efervescencia. Tanto la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) como la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) han confirmado que esta carbonatación puede ser natural o añadida, y ambas variantes carecen de calorías y azúcares. A pesar de que no hay diferencias nutricionales significativas entre el agua con y sin gas para la mayoría de la población, la concentración de minerales puede variar, lo que resulta relevante para ciertos grupos con necesidades específicas. Investigaciones recientes sugieren que el agua con gas podría ofrecer beneficios como una mayor sensación de saciedad y mejoras en la digestión, convirtiéndola en una opción efectiva para quienes buscan reducir el consumo de bebidas azucaradas.