La política en Argentina se encuentra en un constante tira y afloja entre las aspiraciones de cambio y los obstáculos que surgen de intereses personales y una burocracia que muchas veces actúa como un freno a la innovación. Este fenómeno no es nuevo y ha sido una constante en la historia política del país, donde los desafíos de la democracia se ven agravados por el egoísmo de aquellos en el poder y las limitaciones impuestas por un aparato estatal que a menudo se muestra más leal a sus propios intereses que a los de la ciudadanía.
Un episodio significativo en la historia política reciente fue la elección interna que enfrentó a figuras emblemáticas como Carlos Menem y Antonio Cafiero. En distintas provincias, se pudo observar cómo la Renovación avanzaba, mientras que en la Capital Federal muchos burócratas optaron por alinearse con Menem, quien representaba una postura de derecha, y posteriormente con los Kirchner, quienes se presentaban como representantes de una izquierda supuesta. Este fenómeno de adaptación silenciosa permitió que muchos ocuparan cargos relevantes sin realmente aportar a un debate significativo ni a la construcción de un proyecto político que representara a las mayorías.
La experiencia de haber sido diputado en 1973 y nuevamente en 1983 me ha permitido observar de cerca estas dinámicas. En mi primera elección, nos enfrentamos a cuatro sectores políticos y logramos imponernos gracias a una sólida militancia barrial. Sin embargo, en mi segundo período, la situación era muy diferente, pues el gobierno de Carlos Menem se caracterizó por un nivel de corrupción y privatizaciones que poco tenía que ver con los principios del peronismo. Esa etapa fue marcada por una entrega de recursos y soberanía que superó incluso a las peores etapas de las dictaduras militares que había atravesado el país.
Mi relación con el kirchnerismo fue inicialmente positiva, apoyando a Néstor Kirchner, pero con el tiempo me fui distanciando de su enfoque. Mi desacuerdo con Cristina Fernández fue más profundo, ya que mantuvimos discusiones ideológicas dentro de un grupo de militancia que, con el tiempo, se fue reduciendo a aquellos que no cuestionaban las decisiones del poder. Este cambio en la dinámica del peronismo llevó a que muchos de los que en algún momento habían luchado por los ideales de justicia social fueran desplazados, dando lugar a una burocracia que se alejaba de las bases populares.
Con el tiempo, el kirchnerismo se transformó en una especie de secta que desechó a quienes no compartían su visión distorsionada del pasado. La reivindicación de los derechos humanos, aunque esencial, se utilizó para justificar actitudes violentas y autoritarias que, en nombre de la democracia, desdibujaron las fronteras entre la lucha y el golpismo. Esta situación generó un caldo de cultivo para que las facciones más extremas de la derecha comenzaran a recuperar espacio en el panorama político argentino, lo que resulta alarmante en un contexto donde la diversidad de pensamiento se vuelve cada vez más necesaria.
El actual gobierno parece priorizar los intereses de grandes grupos económicos sobre las necesidades sociales de la población. En este sentido, se hace urgente retomar los debates de ideas que nos permitan salir de la crisis que ha generado tanto el sectarismo como el economicismo. Durante décadas, hemos asistido a una lucha entre la concepción de patria y colonia, un tema que, lejos de ser un vestigio del pasado, se presenta como una opción crucial en el presente. La verdadera patria debe estar enraizada en el pueblo, promoviendo la industria y el comercio para generar empleo, así como defendiendo la movilidad social y evitando la concentración de la riqueza en manos de unos pocos.
En este contexto, es fundamental mirar a países como Brasil y México como ejemplos de desarrollo y no dejarse llevar por los espejismos de modelos que, por su historia, han traído consecuencias desastrosas. La política argentina necesita un cambio de rumbo, donde se prioricen los intereses de las mayorías y se recupere la esencia del peronismo, que debe ser un movimiento inclusivo y comprometido con la justicia social.


