Las realidades cotidianas nos traen a la mente momentos donde las promesas se desvanecen en el tiempo. Indicadores como el cierre de panaderías y la caída constante del consumo nos remiten a épocas pasadas, donde sensaciones similares desembocaron en fracasos colectivos que aún resuenan en la memoria nacional.
A nivel internacional, resulta complicado comprender por qué se apoya una guerra que se siente tan ajena y, en algunos casos, inaceptable. La política exterior de nuestro país ha navegado históricamente por la senda de la neutralidad, un principio que hoy parece socavarse, convirtiéndose en su opuesto más extremo. Las voces críticas, tanto de intelectuales como de ciudadanos, cuestionan la narrativa oficial que intenta apropiarse de conflictos lejanos.
El Primer Ministro canadiense, Mark Carney, ha instado a restaurar las normas que fomentan la paz y ha alertado sobre el peligro de celebrar el éxito a costa del sufrimiento ajeno. La historia nos enseña que la violencia engendra más violencia, y que reconocer la existencia y los derechos del pueblo palestino, así como la importancia de las reglas internacionales, son elementos fundamentales para construir un futuro más justo. En el contexto nacional, nos acercamos al medio siglo del golpe de 1976, un hito que dejó profundas cicatrices en nuestra sociedad, muchas veces olvidadas en el discurso económico actual.



