El 15 de marzo de 44 a.C., Julio César, quien ostentaba el título de dictador perpetuo, fue asesinado por un grupo de más de 60 senadores durante una reunión en la curia. Este atentado, planeado meticulosamente, tenía como objetivo frenar la acumulación de poder en una sola figura y evitar el restablecimiento de la monarquía en Roma, según diversas reconstrucciones históricas.

Los senadores, liderados por Casio y Bruto, esperaron la llegada de César, quien asistió sin escolta, lo que facilitó el ataque. Armados con dagas ocultas bajo sus túnicas, los conspiradores consideraron su acto un sacrificio necesario para proteger la República, más que un acto de venganza personal. La creciente concentración de poder en César había generado un intenso malestar entre sus colegas senadores, quienes veían cómo la asamblea se había convertido en un mero apéndice de sus decisiones.

César, tras más de 14 años de victorias militares, había transformado su liderazgo, trasladando su estilo autoritario del campo de batalla a la política civil, lo que provocó un fuerte rechazo. La oposición senatorial se fortaleció ante su desprecio por las normas tradicionales, y la figura de Bruto, que había pasado de ser un aliado de Pompeyo a una figura perdonada, se volvió crucial en esta trama. La muerte de César no solo marcó el fin de su mandato, sino que también desencadenó una serie de eventos que culminarían en el colapso de la República romana y el surgimiento de un régimen imperial.