El 23 de marzo de 1976, en las primeras horas de la mañana, un clima de inquietud se respiraba en Buenos Aires, mientras el país se preparaba para un cambio drástico que marcaría su historia. Era un martes cualquiera, pero las sombras que se movían en la ciudad no eran simples ilusiones. En el horizonte, el golpe militar que derrocaría al gobierno de María Estela Martínez de Perón estaba a punto de ejecutarse, y las señales de la inestabilidad política eran cada vez más evidentes. Los primeros rayos de sol iluminaban calles que ya estaban acostumbradas a la presencia de fuerzas armadas, un recordatorio del clima de violencia y terror que había permeado la sociedad argentina desde hacía años.
La situación se tornaba más tensa debido a un reciente atentado que había sacudido a la cúpula militar. Ocho días antes, un coche bomba había explotado en la playa del Comando General del Ejército, un ataque reivindicado por la organización guerrillera Montoneros, que buscaba eliminar al general Jorge Videla. Aunque Videla llegó tarde a su rutina habitual y logró escapar, el atentado dejó un saldo de un muerto y varios heridos, lo que intensificó la vigilancia en las instalaciones militares. Las calles de la ciudad, en un estado de alerta constante, se llenaron de vehículos militares y controles policiales, una respuesta habitual ante la violencia que se había vuelto parte del día a día del argentino promedio.
Mientras tanto, un hecho peculiar y desconcertante alimentaba aún más las especulaciones sobre un inminente golpe. Varios buques de la Armada habían abandonado el puerto de Belgrano un día antes, sin que se pudiera determinar su destino. Este movimiento repentino generó un aire de misterio, que se sumó a la percepción generalizada de que algo grande estaba por suceder. El comandante en jefe de la Armada, almirante Emilio Massera, había realizado una visita a la base naval, lo que hacía que muchos se preguntaran si había algún tipo de preparación en curso.
A medida que el día avanzaba, la incertidumbre se apoderaba de la población. Si bien la violencia ya era parte del paisaje urbano, los ciudadanos no podían prever la magnitud de lo que estaba por venir. La dirigencia política y sindical, tanto del oficialismo como de la oposición, también comenzaba a aceptar la inminencia del golpe con resignación. Incluso el embajador de Estados Unidos en Buenos Aires había sido informado de que las élites políticas locales consideraban el golpe inevitable, lo que reflejaba una falta de confianza en el sistema democrático y un estado de desesperanza generalizado.
En el Congreso, varios legisladores se preparaban para la inminente tormenta. Algunos comenzaron a vaciar sus despachos de pertenencias personales, como si presentían que el entorno político iba a transformarse de manera dramática y rápida. Este gesto de desalojo no solo simbolizaba el temor a perder sus posiciones, sino también la aceptación de que el país se encaminaba hacia un futuro incierto, marcado por la represión y la ausencia de libertades. La atmósfera se tornaba cada vez más pesada, mientras los ecos de la desesperanza resonaban en cada rincón de la nación.
El día 24 de marzo se convertiría en un hito en la historia argentina, marcando el inicio de una dictadura que dejaría cicatrices profundas en la memoria colectiva. La combinación de los movimientos militares, el clima de terror y la resignación de la sociedad anticipaban un cambio que no solo afectaría a la política, sino a cada aspecto de la vida cotidiana. Las sombras que se movían en la mañana del 23 no eran solo el preludio de un golpe; representaban la culminación de un proceso de descomposición que había corroído las bases democráticas del país. Así, Argentina se despertaba en un nuevo capítulo de su historia, uno que sería recordado por el sufrimiento y la lucha por la verdad y la justicia.



