En el ámbito del crimen real, han existido varios casos notorios de hermanos que asesinan a sus propios padres. Uno de los episodios más recordados tuvo lugar en Estados Unidos en 1989, cuando Erik y Lyle Menendez, de 18 y 21 años respectivamente, eliminaron a sus adinerados progenitores a tiros mientras estos miraban televisión. En Argentina, se destacan los casos de Sergio y Pablo Schoklender, quienes sorprendieron a sus padres en mayo de 1981 mientras dormían, y Santiago y Emanuel Da Bouza, que en 1997 mataron a su padre de dos disparos.
Estos crímenes fueron cuidadosamente planificados y todos ellos se registraron en familias de altos recursos económicos. En el caso de los Menéndez, la motivación que presentó la justicia fue la búsqueda de una herencia millonaria. Sin embargo, en los incidentes argentinos, las razones no son tan claras. La complejidad de las dinámicas familiares, junto con posibles trastornos mentales y la presencia de figuras paternas autoritarias y abusivas, pueden haber contribuido a la tragedia.
Un caso más reciente es el de Robert y Michael Bever, dos hermanos que no solo asesinaron a sus padres, sino que también intentaron acabar con la vida de sus hermanos menores. En la noche del 22 de julio de 2015, se recibió una angustiante llamada al servicio de emergencias desde Broken Arrow, Oklahoma. Un niño, visiblemente atemorizado, informó que su hermano estaba atacando a su familia. La llamada, que duró un minuto y 29 segundos, se interrumpió abruptamente, dejando en suspenso el desenlace de esa noche fatídica.



