El asesinato de Olof Palme, ex primer ministro sueco, sigue siendo un enigma que ha marcado la historia de Suecia y del mundo. Ocurrido el 28 de febrero de 1986, este trágico evento tuvo lugar en la noche en que Palme caminaba junto a su esposa Lisbeth por Sveavägen, una de las avenidas más concurridas de Estocolmo. Tras despedirse de su hijo Mårten y su novia, la pareja quedó desprotegida después de que Palme decidiera prescindir de su equipo de seguridad, lo que los volvió vulnerables. En un momento de tranquilidad, un atacante se acercó y le disparó a quemarropa, provocando su muerte instantánea, mientras un segundo disparo rozó a su esposa. El agresor logró escapar rápidamente por una escalera cercana.

La investigación del crimen estuvo marcada por errores significativos desde el principio, incluyendo la falta de un adecuado acordonamiento de la escena del delito, lo que permitió que numerosas personas alteraran potenciales pruebas. Aunque se encontraron balas de un revólver Magnum .357 en el lugar del asesinato, el arma nunca fue recuperada, lo que complicó aún más la búsqueda de justicia. A lo largo de las décadas, miles de interrogatorios y 130 confesiones falsas han sumido el caso en un laberinto de confusión y especulación.

El legado de Olof Palme es crucial para entender el impacto de su muerte. Nacido en 1927 en una familia acomodada, Palme tuvo una carrera política brillante, comenzando en el Partido Socialdemócrata en los años 50, y ascendiendo rápidamente a posiciones de poder. Fue un ferviente opositor de la guerra de Vietnam y un defensor de los derechos humanos, lo que lo convirtió en una figura respetada a nivel internacional. Su asesinato no solo conmocionó a Suecia, sino que también dejó un vacío en la política global, generando dudas que aún perduran y un caso que, 34 años después, sigue sin resolverse.