Al abordar el tema de la innovación, es crucial no caer en la trampa de una cultura consumista que prioriza lo efímero y práctico por encima de lo significativo y duradero. Las innovaciones en productos y servicios pueden liberar a las personas de ciertas limitaciones, pero también pueden resultar en una pérdida de profundidad; al enfocarse exclusivamente en la funcionalidad, se corre el riesgo de despojar a la innovación de su valor intrínseco más allá de lo inmediato.

Desde esta perspectiva, la innovación no debería ser reducida a la creación de dispositivos tecnológicos sin sentido, cuyo único propósito sería hacernos creer que todo en el mundo es perfectamente operable, y que para cada desafío hay una solución técnica. En cambio, la verdadera innovación se origina en una comprensión más profunda de las dinámicas humanas y sociales, donde el foco siempre debe ser la experiencia de las personas.

Para avanzar en innovación, es necesario hacer tangible lo que inicialmente parece abstracto. Esto implica desarrollar herramientas y estrategias que permitan alinear la evolución tecnológica con las necesidades sociales. En lugar de preguntarse “¿Qué innovación deberíamos seguir?”, las empresas deberían indagar “¿Qué problemas o necesidades buscamos resolver?”, analizando cada situación hasta sus fundamentos y utilizando el conocimiento científico para crear soluciones que sean éticamente responsables y deseables.