En los últimos años, la lactosa, el azúcar natural que se encuentra en la leche y sus productos derivados, ha enfrentado un creciente estigma. La popularidad de los alimentos “sin lactosa” y las dietas restrictivas han llevado a muchas personas a eliminarla de su alimentación, ya sea por prevención o por seguir tendencias.

No obstante, la investigación científica sugiere que, en aquellos que no presentan intolerancia, la lactosa puede tener efectos fisiológicos importantes. Este disacárido, formado por glucosa y galactosa, requiere la enzima lactasa para su digestión, la cual se produce en el intestino delgado. Cuando se encuentra en niveles adecuados, su ingesta no solo es bien tolerada, sino que también puede ser beneficiosa para la salud.

Uno de los aspectos más destacados de la lactosa es su papel en la absorción de minerales vitales, como el calcio. Diversos estudios han evidenciado que la lactosa puede aumentar la solubilidad del calcio en el intestino, facilitando su asimilación. Este efecto es especialmente relevante durante la infancia y la adolescencia, períodos en los que la demanda de calcio es mayor. También se ha observado que puede mejorar la absorción de otros minerales como el magnesio y el zinc, esenciales para la salud ósea y el metabolismo.