El 20 de junio de 2010 marcó un antes y un después en la vida de Marta Hernández, una vendedora ambulante de San Salvador. Aquella noche, un viaje habitual en el microbús de la ruta 47 se transformó en una pesadilla cuando un incendio provocado por criminales dejó un saldo devastador de 17 muertos y 12 heridos, entre ellos, la propia Marta.

La escena dentro del micro fue caótica; los atacantes obligaron al conductor a cambiar de rumbo. "El grito que le dieron al chofer me sacó de mi estado de shock", recordó Marta en una entrevista. En cuestión de minutos, el horror se desató: los delincuentes rociaron gasolina, dispararon y encendieron fuego, atrapando a los pasajeros en el interior. Marta, desesperada, intentó proteger a su hijo menor mientras lograba empujar a su hija mayor hacia una ventana, buscando salvarla. "Sentí el calor en mi espalda y escuché los gritos de aquellos que no lograron escapar", rememoró entre lágrimas.

El hospital Zacamil se convirtió en refugio para las víctimas de esa noche. Marta despertó entre la confusión, sin saber qué había sido de su hijo. Horas más tarde, recibió la desgarradora noticia de su muerte, lo que dio inicio a un proceso de búsqueda de justicia que se extendería por más de diez años. El ataque fue considerado una represalia por la muerte de un miembro de la pandilla Barrio 18, lo que llevó a la implementación de leyes más severas contra las organizaciones criminales. A pesar de los avances judiciales, el camino hacia la justicia fue largo y tortuoso. Marta, marcada por la pérdida y el dolor, finalmente escuchó la sentencia en el tribunal tras once años de espera. Aunque la condena no pudo devolverle a su hijo, le brindó un cierre necesario en su vida. Hoy, Marta apoya a su hija en su carrera universitaria y se involucra en actividades de asistencia a otras víctimas de la violencia.