El 27 de febrero de 1812, en un atardecer dorado sobre el río Paraná, Manuel Belgrano, un abogado convertido en patriota, hizo historia al izar por primera vez la bandera celeste y blanca. Este acto, realizado en la pequeña villa de Rosario, marcó un hito en la identidad de una nación que recién comenzaba su camino hacia la independencia. En un contexto de inminente amenaza realista, Belgrano decidió que era momento de un símbolo que uniera a sus tropas y al pueblo en la lucha por la libertad.

Nacido en Buenos Aires en 1770, Belgrano recibió una sólida educación en España, donde se empapó de las ideas de la Revolución Francesa y el liberalismo. A su regreso a las Provincias Unidas del Río de la Plata, se destacó como secretario del Consulado de Comercio, impulsando reformas en diversos ámbitos. Sin embargo, fue la Revolución de Mayo de 1810 la que lo llevó a abrazar la causa patriota, participando activamente en diversas campañas, incluido el esfuerzo de fortificar las costas del Paraná contra las incursiones españolas.

El 13 de febrero de 1812, ante la necesidad de un distintivo que identificara a sus hombres, Belgrano propuso la creación de una escarapela nacional en blanco y celeste, que fue aprobada días después. Sin esperar más indicaciones, confeccionó una bandera con esos mismos colores, la cual izó en una ceremonia emotiva donde hizo jurar lealtad a sus soldados. Este momento no solo representó un acto militar, sino el nacimiento de un símbolo que perduraría en la historia argentina.