Juana de Arco, una de las figuras más emblemáticas y controversiales de la historia europea, se vio atrapada en un proceso judicial que marcó su vida y legado. En febrero de 1431, fue llevada ante un tribunal con la misión de esclarecer su fe, pero solo cuatro meses después, fue condenada por herejía. A pesar de haber firmado un documento de abjuración, su destino estaba sellado y terminó siendo sentenciada a muerte tras revocar su retractación debido al miedo a la hoguera.
El 30 de mayo de 1431, en la plaza del Viejo Mercado de Rouen, Juana fue excomulgada y entregada a las autoridades seculares que representaban al rey inglés Henry VI. Su ejecución en la hoguera no solo marcó un trágico final, sino que también encendió un intenso debate sobre su figura y el significado de su vida, que se extendió mucho más allá de su muerte.
Los documentos históricos, que incluyen cartas reales, crónicas y relatos de su época, revelan la complejidad de su carácter y la profunda fe que la llevó a afirmar haber recibido un mandato divino para reinstaurar a Charles VII en el trono de Francia. Pese a los intentos por silenciar su legado, su historia resurgió, convirtiéndose en un símbolo de resistencia y fe que continúa inspirando hasta el día de hoy.



