El uso erróneo del pacifismo puede desvirtuar su esencia, convirtiéndolo en un concepto vacío y oportunista. Es innegable que la mayoría de las personas rechazan la guerra y abogan por la paz, pero proclamar amor por la paz no garantiza su consecución. En ocasiones, la guerra puede ser el único recurso para detener la agresión y conseguir una paz duradera.
Este dilema se refleja en la historia, especialmente en la confrontación entre Chamberlain y Churchill, donde el primero buscaba evitar el conflicto con Hitler a través de la conciliación, solo para escuchar de Churchill la famosa frase: “Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra.” La situación actual en la que se encuentran Estados Unidos e Israel frente al régimen iraní evoca esta misma encrucijada, poniendo de manifiesto a los nuevos Chamberlain que prefieren eludir la realidad.
Un claro ejemplo de este oportunismo es el presidente Pedro Sánchez, quien adopta un discurso pacifista y se enfrenta a Trump, no por una genuina creencia en la paz, sino como parte de una estrategia política para permanecer en el poder. Su postura parece más un intento de desviar la atención de sus problemas internos que un compromiso verdadero con el pacifismo. A pesar de sus dificultades parlamentarias y los escándalos de corrupción que lo rodean, Sánchez se presenta como un héroe anti Trump, mientras que España, de manera ambigua, se ve involucrada en el conflicto internacional. Esto pone de relieve la complejidad del debate sobre el derecho internacional y la paz, temas que necesitan un análisis profundo y sincero en la actualidad.



