El capital siempre ha mostrado una notable capacidad para anticipar riesgos. En la actualidad, esta tendencia se agudiza, ya que entidades financieras como bancos, fondos de inversión y aseguradoras están cambiando su enfoque. Ya no se limitan a analizar balances históricos, sino que ahora consideran cómo una empresa o región se verá afectada por fenómenos como la escasez de agua, el aumento de temperaturas o la interrupción del suministro energético.
Las cifras son reveladoras. De acuerdo a un informe de Swiss Re, los desastres naturales ocasionaron pérdidas que superaron los 250.000 millones de dólares en un solo año. El Banco de Pagos Internacionales advierte que los riesgos físicos y de transición pueden intensificar crisis financieras si no son integrados en los modelos de evaluación crediticia. Esto indica que otorgar créditos sin considerar el entorno se ha vuelto una práctica arriesgada. "El capital no ha salido del mercado; simplemente ha cambiado su enfoque de evaluación".
Tradicionalmente, el análisis crediticio se basaba en parámetros como ingresos y garantías. Sin embargo, hoy surgen nuevas interrogantes: ¿Qué pasará si una planta se queda sin agua? ¿Qué consecuencias tendría una inundación en una ciudad? ¿Cómo impacta una ola de calor en la productividad? ¿Qué sucede si un tramo logístico se interrumpe por incendios o tormentas? Ejemplos concretos reflejan este cambio de paradigma: en algunas zonas costeras de EE.UU., millones de viviendas ya no pueden ser aseguradas debido al riesgo de inundaciones, mientras que en Europa, las aseguradoras han reducido las coberturas agrícolas en regiones propensas a sequías recurrentes. Así, queda claro que el riesgo ya no es solo financiero, sino que abarca dimensiones territoriales, energéticas y climáticas.



