Durante el proceso de conquista y colonización de la Nueva España, un gran número de indígenas, incluyendo tanto nobles como miembros de la población común, fueron sometidos a ejecuciones ilegales ordenadas por conquistadores con funciones civiles y militares. Esto se desprende de la investigación titulada "Manuscrito del Aperreamiento. Suplicio ejecutado por medio de perros de presa contra los caciques cholultecas" realizada por el INAH.

A pesar de que el sistema judicial de la Corona española contenía reminiscencias medievales, se implementaron las Leyes Nuevas en 1542 con el objetivo de establecer normas más justas para los indígenas y reducir la resistencia al dominio español. Las autoridades locales estaban obligadas a seguir estas directrices para garantizar un trato más humano hacia las comunidades originarias.

Las sanciones en la metrópoli eran severas: los nobles podían enfrentar la decapitación, mientras que los vasallos eran condenados a la horca por los crímenes más graves. Otros métodos de ejecución, como el garrote o la hoguera, eran utilizados por la Inquisición para determinados delitos. Las infracciones menos serias eran castigadas con mutilaciones, azotes o períodos de inmovilización. El aperreamiento, una práctica extrema que involucraba el uso de perros de presa, se documentó de forma aislada y era considerada ilegal, aunque su brutalidad fue confirmada por cronistas del siglo XVI.

Este método de castigo, que se remonta a la Europa medieval, se utilizaba contra indígenas considerados enemigos, rebeldes o morosos en el pago de tributos. Consistía en la utilización de perros de presa, como alanos y mastines, entrenados para atacar y desgarrar seres humanos. Aunque oficialmente nunca fue legitimado en la Nueva España, existen testimonios que indican su uso por conquistadores en situaciones de campaña militar o como forma de ejecución selectiva. Documentos históricos citan casos de ejecuciones bajo el mando de Pedro de Alvarado en Tututepec, donde se aplicaba el aperreamiento incluso a miembros de la nobleza indígena. Asimismo, tras la caída de Tenochtitlan, Hernán Cortés empleó torturas contra prisioneros que se negaban a cumplir sus órdenes, como se narra en los Anales de Tlatelolco y otros relatos históricos.