En el verano de 2003 conocí a la mujer que sería mi primera jefa. Yo tenía 19 años y ella, 29. Trabajábamos en una empresa del microcentro porteño. Llevaba el cabello castaño, muy corto y apenas ondulado; tenía ojos redondos y marrones, y solía pintarse los labios, casi siempre de rojo. Caminaba por los pasillos con zapatos de taco alto y delgado, medias negras de lycra, falda tubo, camisa de poplín y cartera. El conjunto parecía estar organizado alrededor de esos zapatos.

Era la secretaria del dueño. Al entrar a su oficina se ponía a trabajar con elegancia y altanería. Pagaba al proveedor de servilletas y papel higiénico, negociaba descuentos con la empresa de la máquina de café y distribuía las tareas del día entre el motoquero y yo. A mí me pedía que cargara las rendiciones de gastos y pasara los cheques al Excel. Me llamaba “Chipi”, o algo parecido, con un tono que reservaba para mí. No quería demasiada cercanía ni que la trataran de manera coloquial.

A los demás les hablaba como si estuvieran frente a una autoridad: “Hola señor”, “Buenos días señor”, “¿Va a querer su desayuno hoy señor?”. Nadie le devolvía el gesto, pero ella insistía. También exigía que todos golpearan la puerta antes de entrar y que solo pasaran cuando les diera permiso. A veces conseguía imponer esa regla. Hablaba en inglés, francés y portugués, aunque muchas veces lo hacía con desprecio. Decía que en la ropa también estaba la ambición, una idea que parecía atravesar su manera de vestirse, de trabajar y de relacionarse con los demás.