Un hombre de unos 50 años, vestido con atuendo de camuflaje, aborda un colectivo en el corazón de Moscú. Sostiene en sus manos una bolsa de plástico que contiene una botella de vodka y una lata de cerveza. Mientras se balancea levemente, alterna entre ambas bebidas y murmura: "Mantener la defensa". Los otros pasajeros, incómodos, evitan mirarlo, como si su presencia recordara la realidad de la "operación militar especial" que Rusia lleva a cabo en Ucrania.
A pesar de los esfuerzos de muchos rusos por hacer caso omiso al conflicto que comenzó hace cuatro años, la guerra deja huellas visibles en la vida diaria. No hay indicios de un colapso inmediato, ya sea político o económico, pero el régimen de Vladimir Putin enfrenta dificultades para ocultar los efectos del enfrentamiento. Las señales son evidentes al recorrer el país: los sistemas de defensa, diseñados para contrarrestar los ataques aéreos ucranianos, interfieren con la navegación de los automóviles en ciudades como Moscú, llevando a confusiones en los GPS que pueden desorientar a los conductores hasta 50 kilómetros de su ubicación real.
Los problemas no se limitan a la navegación. La aviación también se ve afectada por el conflicto, con más de 500 aeropuertos cerrados el año pasado debido a la amenaza de drones. Las sanciones internacionales han restringido la importación de piezas para los aviones de Airbus y Boeing, que representan el 90% de la flota de pasajeros en Rusia, resultando en un aumento de averías. Además, los problemas con los ascensores se han intensificado, ya que muchos de ellos dependen de componentes extranjeros difíciles de conseguir. Los residentes, frustrados por las constantes fallas, han comenzado a cuestionar a los reparadores, quienes, aludiendo a la falta de recursos, responden con resignación que las prioridades están en la guerra y no en el bienestar diario de la población.
La situación en el ámbito de las comunicaciones también se ha deteriorado. Después de meses de restricciones, plataformas como YouTube y WhatsApp han sido completamente bloqueadas. Telegram, que solía ser una fuente de información no controlada por el gobierno, ahora enfrenta restricciones, lo que ha generado críticas incluso entre algunos miembros de la Duma. Esto ha llevado a una mayor imposición del uso de una aplicación estatal, Max, que busca reemplazar a los servicios prohibidos, reflejando el creciente control sobre la información en el país.



