Tom King es un boxeador veterano que alguna vez conoció la gloria, pero que atraviesa su última pelea acorralado por las deudas. La bolsa que espera cobrar apenas le permitiría pagar el alquiler atrasado y aliviar, aunque sea de manera provisoria, la precariedad de su presente. Enfrente tiene a un rival mucho más joven y menos experimentado, impulsado por la energía y el coraje propios de la edad.

El peleador curtido resiste los golpes, aguarda su oportunidad y logra acertar en momentos decisivos del combate. Incluso consigue poner en dificultades al muchacho. Sin embargo, para terminar de imponerse necesita una dosis de fuerza que ya no tiene. King está convencido de que habría contado con esa energía si al mediodía hubiera podido comer un buen bistec. Pero ningún carnicero de su barrio aceptó fiarle carne: para ellos, el boxeador era un hombre viejo y decadente.

En sus años de prosperidad, Tom King solía regalar bifes crudos a su mascota. Ahora, en cambio, la falta de ese alimento se convierte para él en la explicación de una derrota que parece determinada por el paso del tiempo. Ese es el núcleo de “Por un bistec”, cuento en el que el escritor estadounidense Jack London expone con crudeza cómo lo nuevo termina imponiéndose sobre lo viejo. La historia también quedó asociada al recuerdo de un personaje argentino, contemporáneo de London, que sostenía una mirada exactamente opuesta a la del escritor sobre el bistec y la alimentación.