En el año 2007, el empresario jamaiquino Max Higgins hizo un anuncio que prometía revolucionar la región de San Pedro: la creación de un enorme parque temático similar a Disney, que ocuparía 132 hectáreas. Sin embargo, años más tarde, la historia de Higgins se tornó sombría, terminando en la mendicidad en las cercanías de Aeroparque. Este caso no es único, ya que en 2011, otro proyecto de gran envergadura fue presentado en el norte de Buenos Aires, el cual también quedó en el olvido. Se trataba de un autódromo de lujo en Zárate, destinado a albergar a la Fórmula 1, que nunca llegó a concretarse, dejando a muchos con un sabor amargo por las promesas incumplidas.
El impulsor de esta ambiciosa iniciativa fue Eddie Freedman, un empresario con raíces alemanas y argentinas, quien ideó un parque temático denominado Velociudad. Este proyecto contemplaba una inversión de 140 millones de dólares, financiada por capitales privados provenientes de Suiza e Inglaterra. Freedman presentó su plan en el Automóvil Club Argentino (ACA), donde incluso celebró la ocasión con champagne en el terreno de 62 hectáreas situado sobre la Ruta 193, a escasos metros de la Ruta 9. En esa presentación, un monoposto giró sobre lo que se suponía sería el futuro trazado, pero, lamentablemente, esa imagen de esperanza se desvaneció con el tiempo.
La propuesta original contemplaba la construcción de una pista de 4,7 kilómetros, diseñada para obtener la homologación de Grado 1 por parte de la Federación Internacional del Automóvil (FIA). Esto significaba que el autódromo estaría en condiciones de recibir no solo a la Fórmula 1, sino también a cualquier otra categoría automovilística de renombre mundial. Además del hotel de seis estrellas, que se asemejaría al de Yas Marina en Abu Dhabi, las instalaciones incluirían una academia de manejo profesional, un centro de exposiciones, terminales, clubes y espacios destinados a pilotos amateurs. Con una capacidad proyectada para 50 mil espectadores, Velociudad aspiraba a convertirse en un referente automovilístico en Sudamérica, albergando futuros Grandes Premios de F1.
Freedman, quien había residido gran parte de su vida en Montreal, Canadá, mostraba un fervor contagioso por el automovilismo. Además de impulsar su proyecto de autódromo, también brindaba apoyo a pilotos argentinos que competían en el extranjero. Uno de los corredores que se benefició de su apoyo fue Eric Lichtenstein, quien en ese momento participaba en la Fórmula Ford Británica, donde Ayrton Senna había dejado su huella al ganar el campeonato en 1981. Lichtenstein, un ex piloto porteño que también brilló en esa categoría en 2012, llegó a participar en la GP3 Series (hoy conocida como Fórmula 3) en 2013. En sus palabras, Freedman era una personalidad intensa, con un enfoque directo y decidido: “Era blanco o negro. Sin vueltas. Era como un personaje de Tanque de Tiburones, lo quería todo ya”, recuerda Lichtenstein.
A sus 18 años, Lichtenstein se convirtió en uno de los corredores emblemáticos de Freedman. “Recuerdo que cuando nos conocimos en Monza, yo estaba probando un monoposto de la Fiat Abarth. Él llegó y puso mala cara al verme en el décimo puesto. Salí nuevamente a la pista y mejoré en todos los sectores; al volver, me dijo: ‘me gustó tu actitud, estás contratado’. Viajamos juntos desde Italia hacia Suiza y pasamos el tiempo conversando”, relata. Era evidente que la relación entre ellos tenía matices complejos, ya que Lichtenstein se sentía tanto como un empleado bajo las órdenes de Freedman como un corredor bajo su tutela.
Esta historia de ambición y desilusión plantea preguntas sobre la viabilidad de proyectos de gran escala en Argentina. A medida que el país enfrenta desafíos económicos y políticos, la implementación de iniciativas que requieren inversiones millonarias y la atracción de capitales extranjeros se vuelve un tema de debate recurrente. Si bien la pasión por el automovilismo es palpable en muchas partes del país, la falta de materialización de proyectos como Velociudad deja una sensación de vacío y frustración en quienes anhelan ver a la Fórmula 1 en suelo argentino. La historia de Freedman y su visión para Zárate es un recordatorio de las promesas que muchas veces se quedan en el tintero, y de la necesidad de un enfoque más realista y sostenible en la planificación de futuras propuestas.



