Los antecedentes de los partidos contra Egipto e Inglaterra alimentan una advertencia para España: marcar el primer gol contra la Selección argentina puede no ser una ventaja definitiva. Incluso, en una mirada exagerada por la experiencia reciente, Oyarzábal y Yamal podrían pensarlo dos veces antes de buscar el arco si tienen la pelota dominada cerca del área. La hipótesis es que Argentina, cuando queda en desventaja, reacciona y convierte el partido en una remontada.

Esa impresión quedó reflejada en la reacción de Jamie O’Hara, exjugador británico devenido presentador, durante la remontada argentina. Mientras observaba los goles que dieron vuelta el resultado, cuestionó con indignación la decisión del entrenador inglés de replegar al equipo para defender el 1 a 0 y reclamó su despido. “¡Sabía que esto iba a pasar!”, expresó. Luego insistió: “¡Ellos no se rinden, ellos no se rinden!”.

Más allá de la desesperación del comentario, la frase resume una percepción instalada alrededor del equipo: los jugadores argentinos no abandonan el partido cuando el resultado es adverso. En esa capacidad para insistir aparece, según esta mirada, una de las claves de sus triunfos. El factor decisivo no estaría únicamente en la técnica individual ni en la táctica diseñada desde el banco, sino también en una condición anímica difícil de trasladar o imitar.

Esa fortaleza emocional funciona como una mística que excede a los futbolistas y se sostiene en los sentimientos y las experiencias compartidas por el plantel. Para sus rivales, esa energía coloca a la Selección en un nivel superior y la vuelve un adversario casi invencible, aunque la propia definición conserve un margen inevitable de incertidumbre.