Hace dos años, tomé una decisión que transformó mi trayectoria profesional: dejar la Justicia Federal. Después de ocho años como funcionaria, adquirí conocimientos sobre la lógica interna del sistema, sus tiempos, silencios y también sus limitaciones. Mi salida no fue un rechazo al Derecho, sino una oportunidad para redescubrirlo desde una perspectiva más honesta y desde mi identidad como mujer.
Durante mi tiempo en la función judicial, la Justicia se presentaba como una entidad cerrada y jerárquica, donde el procedimiento dominaba la dinámica. El expediente era el eje central: plazos, escritos y providencias definían la realidad. La interacción con los litigantes se daba de manera indirecta y distante. Esta separación no siempre era malintencionada; a menudo, era fruto de una cultura institucional que priorizaba la forma sobre la persona. Una cultura históricamente configurada por varones, donde lo emocional se consideraba una debilidad y la empatía, una distracción.
Hoy, desde mi rol como abogada penalista litigante, la Justicia se vive de manera diferente. Ya no es una estructura abstracta, sino una experiencia que se siente en el cuerpo. Litigar implica poner la cara, sostener la palabra y establecer contacto visual. Es un proceso que exige explicar decisiones difíciles, acompañar a quienes sufren y persistir ante la falta de respuestas. En este contexto, la feminidad se revela como una fortaleza, permitiendo una práctica del Derecho que valora las consecuencias reales de cada decisión judicial en la vida de las personas.



