La lectura de Lo que podemos saber (Anagrama), la nueva novela de Ian McEwan, propone un desplazamiento temporal tan atractivo como inquietante. El libro llegó a estas latitudes este mes, aunque había sido publicado exactamente un año antes en Inglaterra con el título original What We Can Know. Desde sus primeras páginas, la obra invita a mirar el presente como si ya fuera parte de un pasado remoto.

La acción transcurre en 2119 y está narrada desde ese futuro. El protagonista es un biógrafo que regresa hacia nuestro tiempo para reconstruir una cena en particular, un encuentro que reunió a varias mentes brillantes. La elección de esa perspectiva convierte al presente en un objeto de investigación y vuelve extraña, por conocida, una época que para los lectores todavía es la propia. Contar el hoy desde el siglo venidero supone observar nuestras certezas con una distancia que puede resultar reveladora.

La propuesta también despierta una afinidad personal con la tarea de narrar vidas ajenas. La biografía, como género, tiene un vínculo evidente con el periodismo: ambos buscan ordenar hechos, voces y experiencias para construir un relato. En el caso de McEwan, esa aventura se sostiene además en la inteligencia con la que el autor examina el tiempo y la memoria.

El vínculo con el escritor británico comenzó hace casi dos décadas, a partir de la recomendación de Ana, periodista y librera, además de lectora empedernida desde la infancia. Su sugerencia fue Chesil Beach, una nouvelle publicada en 2007. Desde entonces, la obra de McEwan quedó asociada a esa capacidad de llegar en el momento justo y abrir una conversación duradera con la literatura.