Brandeburgo, Alemania.– El nombre “mantis” tiene un origen asociado con la apariencia del insecto. Proviene de un término griego que significa “adivino” o “profeta” y alude a la posición de sus extremidades superiores, que recuerda a la de una figura entregada a la oración o a la espera de una revelación.
Esa característica también quedó reflejada en las denominaciones utilizadas en distintas regiones de la Argentina. Allí, el insecto es conocido en algunos casos como “tatadiós”, una expresión vinculada con su aparente postura de rezo, y también como “mamboretá”, término proveniente de lenguas autóctonas. Aunque existen diferencias sutiles entre los significados de esas palabras, todas expresan la impresión que la forma del animal produjo en las comunidades que lo nombraron.
Sin embargo, la postura de la mantis no es el único rasgo que puede llamar la atención. El insecto también se distingue por la ferocidad con la que devora a sus presas y por su singular ritual de apareamiento, al término del cual la hembra puede devorar al macho. Si esas características hubieran sido el centro de la observación, su nombre habría tenido un sentido muy diferente. Las denominaciones, así, pueden parecer arbitrarias, aunque resultan esenciales para identificar y comprender el mundo que nos rodea.



