Para los meteorólogos, la primavera ya llegó. Para quienes todavía añoran los picnics del Día del Estudiante, apenas comienza a asomar. En los jardines aparecen las primeras flores, los árboles recuperan el verde y los brotes anticipan noches perfumadas de azahar. La naturaleza vuelve a desplegar sus colores, pero ese despertar hace más evidente la monocromía que domina las calles.

En estos días, varias marcas de vehículos híbridos presentan nuevas paletas de grises, tonos que parecen combinarse con la marcha silenciosa de sus motores. Quedaron atrás los tiempos en que los autos deportivos, con sus motores rugientes, se animaban a los rojos, los amarillos y los azules. La misma falta de audacia se advierte en los edificios recientes, donde el minimalismo impone una sucesión de superficies grises, vidrios y metales.

También se fueron perdiendo los frontispicios con molduras, los escudos heráldicos, los atlantes, los picaportes artísticos, los vitraux y los balcones inspirados en estilos europeos. En su lugar, se multiplican las redes de protección y las luces led, como si buscaran sostener la ilusión de una Nochebuena permanente. La gama sombría de esta arquitectura apenas encuentra alivio en algunos geranios, unas hiedras o los jazmines del país que todavía se resisten a desaparecer del paisaje.