Hay pocas cosas que Andrés disfrute tanto como el helado. Lo desea durante todo el año, sin que importen las temperaturas: puede ser el invierno más crudo o el verano más intenso, siempre encuentra un motivo para volver a esa combinación de dulzura, suavidad y frío.

A lo largo del tiempo, armó rankings tan subjetivos como firmes sobre las mejores heladerías artesanales de Buenos Aires, las cadenas más dignas y las marcas industriales que se consiguen en el supermercado. En un país acostumbrado a las divisiones, sin embargo, parece haber una coincidencia amplia al momento de elegir sabores. Según la cámara de helado artesanal, seis de cada diez argentinos se inclinan por el dulce de leche, el chocolate y la frutilla, en sus distintas versiones.

Andrés no forma parte de esa mayoría. Tiene 42 años y, después de mucho tiempo de decirlo casi en voz baja, decidió sincerarse: su helado favorito es la cereza a la crema. La elección, cuenta, suele quedar relegada cuando amigos o familiares se reúnen para pedir helado. Frente a gustos más populares, proponer una opción diferente puede convertirse en motivo de bromas, comentarios y hasta insultos presentados como chistes.

No recuerda con exactitud cuándo ese sabor apareció en su vida. Sí sabe que lo acompañó durante distintas etapas de su crecimiento, desde el vasito de una bocha de la primera infancia hasta el cucurucho de años posteriores. La preferencia permanece, incluso cuando admitirla en público parece exigir una valentía que otros sabores no demandan.