A comienzos de la década de 2000, las pastelerías porteñas comenzaron a modificar su propuesta. Ya no eran solamente espacios donde se compraban productos dulces para una celebración: paulatinamente incorporaron mesas, cafetería y un ambiente pensado para quedarse, compartir y hacer una pausa durante el día. Ese cambio acompañó una nueva forma de vivir la merienda, entendida como un ritual de encuentro dentro de la cultura urbana.
Entre las figuras que impulsaron esa transformación estuvo Regina Vaena, conocida como Nucha y considerada una de las pioneras de la pastelería contemporánea en Buenos Aires. Su propuesta se vinculó con la elaboración de tortas y productos de pastelería de gran presencia, exhibidos en vitrinas que también funcionaban como parte de la experiencia. Con el tiempo, su nombre quedó asociado a una marca que contribuyó a resignificar la costumbre de reunirse alrededor de algo dulce y una taza de café.
Vaena había nacido en Avellaneda en 1941, en una familia de origen judío para la que cocinar era una actividad central en las celebraciones y en la vida cotidiana. Durante su infancia, las mujeres de distintas generaciones se reunían alrededor de las hornallas bajo la conducción de su abuela Catalina, vinculada además a un jardín lleno de delicias. Allí, entre frutas secas, especias, café a la turca, dulces de fruta caseros y largas horas dedicadas a amasar y revolver preparaciones, Nucha incorporó sabores y técnicas que más tarde retomaría en sus propios ensayos domésticos.
Sin embargo, la cocina no fue inicialmente su primera elección. Su interés por las fórmulas y los experimentos la llevó hacia la bioquímica, mientras que la pastelería se mantuvo como una práctica ligada a la exploración y a los recuerdos familiares. Esa combinación entre formación científica, memoria culinaria y trabajo sostenido sería parte del recorrido con el que Vaena construyó su legado. “Me levantaba a las 3 de la mañana”, recordó al describir el esfuerzo detrás de sus comienzos.



