Durante la infancia, la narradora observaba de lejos a una de esas personas que parecían pertenecer a un mundo adulto e inescrutable. Era una mujer áspera y solitaria, incluso cuando aceptaba invitaciones a comer o recibía en su casa a sus familiares para las cenas de fin de año. No parecía interesarle el tacto ni la diplomacia en el trato con los demás, y la ternura se le presentaba como una cualidad desconocida.
En una de las pocas visitas que le hicieron, la narradora la vio plantar un árbol. Por entonces, dice, atravesaba la vida siendo “puro ojo”: atenta a todo lo que sucedía a su alrededor, pero incapaz de formular preguntas, establecer conexiones o, en ocasiones, encontrar las palabras. Aun desde esa inhibición, la escena produjo un movimiento. No se trataba exactamente del “encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en la mesa de disección”, la imagen de Lautréamont que muchos años después asociaría con el surrealismo. Sin embargo, algo de sus certezas cotidianas se desacomodó ante aquella mujer, poco inclinada a los gestos delicados del cuidado, llevando un arbolito que parecía un bebé: un tronco fino y unas ramas todavía débiles.
La escena vuelve a aparecer al leer Un árbol de compañía, el libro elaborado a cuatro manos por la escritora argentina Clara Obligado y el biólogo español Raúl de Tapia, publicado por Páginas de Espuma. “Plantar algo que no llegarás a ver es soñar con el porvenir”, se lee allí. El volumen también propone otra formulación: “Quizá plantar un árbol sea la única huella inmortal”. La narradora nunca supo de dónde había salido aquel árbol ni quién se lo había dado. Tampoco logra imaginar a esa mujer yendo a un vivero para comprarlo. El recuerdo permanece ligado a esa pregunta infantil, nacida al pie de una arboleda: qué podía significar que alguien tan ajeno a las delicadezas del cuidado decidiera plantar algo cuyo crecimiento, acaso, no llegaría a contemplar.



