¿Se puede querer y rechazar algo al mismo tiempo? La convivencia con Antonio, nuestro gato, volvió a instalar esa pregunta, sobre todo durante las últimas noches. Tiene ocho años, es gris y atigrado, lleva el vientre rubio y suele mirar con gesto hosco. También responde a Tony, Tono, Tochi y a una larga lista de apodos que reflejan el lugar que ocupa en la casa.
Antonio no ofrece afecto de manera automática. A diferencia de los perros, no se caracteriza por el entusiasmo inmediato ni por una simpatía permanente. Protege su espacio, elige descansar a cierta distancia y observa a los desconocidos con una desconfianza evidente. Para ganarse su confianza hay que insistir; cuando finalmente la concede, el reconocimiento se vive como un privilegio inesperado, casi como un premio reservado para unos pocos.
La dificultad apareció hace algunas semanas, cuando empezó a despertarse en plena madrugada. Rasca la puerta que separa el dormitorio del living y reclama más comida, incluso cuando su plato todavía está prácticamente lleno. No puede llegar al comedor porque allí duerme Raimundo, nuestro perro y su enemigo íntimo. Frente a ese escenario, intentamos reforzar la puerta con una muralla de almohadones y sumamos porciones nocturnas de atún a su alimento balanceado. Nada alcanzó para modificar la rutina: cada noche, Antonio vuelve a activarse, equipado con visión nocturna y garras.



