El avance de los códigos QR y de los medios de pago electrónicos fue desplazando a las monedas de la vida cotidiana. Aquellas piezas que alguna vez llenaban de sonido la cartera de la dama y el bolsillo del caballero aparecen cada vez menos. ¿Cuánto hace que alguien no lleva una moneda a mano? Aunque hoy resulten poco útiles, durante años permitieron resolver un viaje en colectivo, comprar una golosina o completar un pago cuando no había otra alternativa.

Con la expansión de las llaves electrónicas y las nuevas formas de abonar, las carteras se volvieron silenciosas. También cambiaron los bolsillos de los pantalones: ya no se agujerean por el peso de las monedas ni requieren recurrir al “mendafácil”, como ocurría años atrás, cuando los remiendos eran habituales. Esas pequeñas piezas, antes indispensables para las compras diarias, quedaron relegadas a un lugar marginal y rara vez circulan con la misma frecuencia.

En la actualidad, el valor de algunas monedas parece estar más asociado con los metales que las componen que con su denominación. En ciertas ferias, orfebres las trabajan y las transforman en dijes, aros, gemelos —otra delicadeza caída en desgracia— o llaveros. Turistas y vecinos las eligen como souvenirs curiosos, en una alternativa a los habituales imanes de heladera. También hay chatarreros que las compran por su peso y personas que se acercan a esos locales, de olores rancios, para cambiarlas por algún billete. Mientras tanto, en algún cajón de una mesa de luz, todavía puede escucharse el leve tintineo de unas pocas monedas que esperan una última utilidad.