No recuerdo si había golondrinas aquella mañana. Como en la canción de Spinetta, acaso se estaban yendo con el final del verano. Sí recuerdo, en cambio, la excitación de las palomas en la Plaza de Mayo y el clima alterado de la gente, que avanzaba con apuro durante esa jornada cálida del otoño porteño.
Había salido de la boca de la línea A del subte para cruzar la plaza, como hacía habitualmente, rumbo a Corrientes. Allí estaba la oficina de una compañía marítima en la que trabajaba. Los diarios matutinos ya habían anticipado la noticia: era viernes 2 de abril de 1982 y, después de una madrugada febril, la edición más adelantada abrió con el título: “Desembarco argentino en el archipiélago de Malvinas”. Ocupaba dos líneas a seis columnas, según el código periodístico de entonces, en proporción con la importancia y lo inusual del acontecimiento. Tuve miedo.
Esa misma tarde se produjo una manifestación frente a la Casa de Gobierno, entre la sorpresa y el entusiasmo. Lo lamento, pero no pude ni quise contagiarme de ese ánimo. No era la primera vez que existía la posibilidad de ser convocado al frente. Había formado parte de la primera clase que cumplió el servicio militar a los 18 años. Lo había terminado en marzo de 1978 y, en diciembre de ese año, el país estuvo al borde de una guerra con Chile por los límites en el canal de Beagle. La mediación vaticana me había evitado aquella terrible disyuntiva.
Pero ahora el conflicto ya se encontraba en el terreno de los hechos. No podía entender cómo una dictadura que hasta entonces había sido aliada de Occidente podía asumir, de pronto, ese nuevo papel.



