¿Qué posibilidades había de cruzarme, a 560 kilómetros de mi casa, con una persona que había vivido en mi barrio y asistido a la misma escuela que yo medio siglo atrás? Después de lo ocurrido, muchas. El encuentro fue posible gracias a una conversación espontánea con una desconocida, de esas que suelen evitarse en Buenos Aires pero que en otros lugares surgen con mayor naturalidad.
La charla tuvo lugar en una típica tienda de recuerdos de Sierra de la Ventana. Allí atendía una mujer amable, porteña, que se había instalado en esa localidad unos años antes, después de dejar la ciudad a raíz de un episodio de inseguridad. En pocos minutos descubrimos que los dos habíamos crecido en Olivos y que, pese a haber cursado en grados distintos y tener una mínima diferencia de edad, habíamos concurrido durante la misma época a la Escuela N° 2 General Bartolomé Mitre.
La sorpresa se convirtió en estupor cuando ella comenzó a describir con precisión las aulas, los patios y las características de cada maestra. También recordaba nombres y apellidos. Cada vez que me preguntaba si me acordaba de alguien, mi respuesta era la misma: “No”.
Durante mucho tiempo me jacté de tener una memoria prodigiosa. A menudo, quienes me rodeaban también lo señalaban: puedo evocar fechas, diálogos, personas y situaciones con un nivel de detalle casi absurdo. Sin embargo, de tanto en tanto alguien me recuerda cosas que dije o hice y que no registro en absoluto, como si le hubieran ocurrido a otra persona.
Tal vez todos tengamos una memoria muy buena y, al mismo tiempo, nadie la tenga por completo. El recuerdo compartido puede devolver piezas que parecían perdidas y mostrar que la memoria individual, incluso cuando se cree precisa, también está hecha de olvidos.



