Para la Argentina, Sarmiento continúa siendo un punto de partida ineludible cuando se piensa en educación. Su aporte central fue comprender que la enseñanza no podía depender de la iniciativa de unos pocos ni quedar reservada a un sector social. Debía constituir una responsabilidad del Estado. En esa concepción se inscriben la escuela pública, la formación de maestros y las bibliotecas populares, instituciones que contribuyeron a construir ciudadanía y a ampliar el acceso al conocimiento.
Sin embargo, ese punto de partida deja abierta una pregunta decisiva: ¿para qué educamos? La cuestión no se agota en garantizar la escolarización ni en transmitir contenidos. También implica pensar qué clase de libertad puede surgir de una buena educación. En ese terreno, Borges y Cortázar mantienen una vigencia particular. Ninguno de los dos redactó una ley educativa ni estuvo al frente de un ministerio, pero ambos reflexionaron sobre la experiencia de encontrarse verdaderamente con el conocimiento y sobre las transformaciones que ese encuentro puede producir.
El cuadro se completa con María Elena Walsh y Victoria Ocampo. Walsh aparece ligada a la imaginación y a la libertad de expresión, mientras que Ocampo representa la apertura cultural y la emancipación de las mujeres. En Borges, el libro y la biblioteca funcionan como formas de una libertad que no reconoce límites geográficos ni temporales. Leer, desde esa perspectiva, no consiste en cumplir una tarea ni en acumular datos: supone entrar en diálogo con otras épocas, lenguas y maneras de mirar. Un buen libro puede ampliar la vida de quien lo lee y acercarle experiencias que, de otro modo, quedarían fuera de su alcance.



