Steve Jobs es un referente indiscutido en la gestión empresarial, y su evolución como líder ofrece valiosas lecciones sobre cómo dirigir equipos en el ámbito tecnológico. En los inicios de su carrera, Jobs era conocido por su estilo de microgestión, donde intervenía en cada detalle de los proyectos en Apple durante la década de 1980, según relatan miembros del equipo original de Macintosh.

Esa tendencia hacia el control absoluto se reflejaba en su supervisión constante de tareas técnicas y de diseño, lo que generaba un ambiente de trabajo donde las revisiones eran frecuentes y las exigencias de cambios específicos eran la norma. Sin embargo, con el tiempo, Jobs adoptó una filosofía de gestión más equilibrada, conocida como la regla 10-80-10, que distribuye la atención del líder de manera diferenciada entre los integrantes del equipo.

Esta estrategia, tal como describe la revista Inc., sugiere que el 10% inicial del trabajo debe ser guiado directamente por el líder, estableciendo la visión y los estándares. El 80% intermedio queda a cargo del equipo, fomentando la innovación y el desarrollo, y el último 10% es revisado nuevamente por el líder para asegurar la calidad del producto final. Esta metodología le permitió a Jobs soltar el control absoluto y confiar en la autonomía de sus colaboradores, reservando su intervención para momentos estratégicos del proceso creativo.