Cada época construye espacios que exceden su función original y expresan una idea de progreso. Durante el siglo XIX, las estaciones ferroviarias de las grandes ciudades ocuparon un lugar cercano al de los templos: sus dimensiones monumentales, el movimiento constante de pasajeros y la confianza en la Revolución Industrial componían una escena de fe en la modernidad.
La Gran Central Terminal de Nueva York integra ese imaginario. Inaugurada en 1913 sobre una estación construida en 1871, la terminal se convirtió en uno de los grandes símbolos urbanos de la ciudad. Su presencia también se expandió a través del cine y la animación: desde los thrillers de Alfred Hitchcock hasta Madagascar, distintas producciones la acercaron a públicos de todo el mundo.
Con el paso del tiempo, el protagonismo asociado al viaje y a la innovación cambió de escenario. Primero fueron los aeropuertos y las autopistas; después, internet. En la actualidad, los data centers aparecen como posibles emblemas de una nueva etapa tecnológica, aunque solo el futuro podrá determinar qué lugar ocuparán en el imaginario colectivo.
La imagen de la estación neoyorquina condensa esa transformación. Al otro lado de sus grandes ventanales, el viajero parece diminuto frente a la escala del edificio, como si la arquitectura volviera visible la relación entre el individuo y las obras que cada época levanta para representar su propio mundo.



