La promesa de que la tecnología y la inteligencia artificial permitirían aliviar las tareas burocráticas y pesadas para dedicar más tiempo a los aspectos creativos del trabajo no parece haberse cumplido para quienes desarrollan actividades profesionales, especialmente en tareas vinculadas con la palabra y el pensamiento. En lugar de liberar tiempo, la lógica tecnológica parece haber consolidado otros valores: velocidad, productividad y cantidad por encima de la calidad.
Esa lógica ya no se limita al funcionamiento de las herramientas, sino que se confunde con la cultura de este segundo cuarto del siglo XXI. Las demandas incesantes ocupan cada vez más espacio y reducen el tiempo disponible para la creatividad, que alguna vez fue considerada una parte esencial de muchas tareas intelectuales. Aunque la experiencia pueda ser diferente en determinados oficios o profesiones, el trabajo tiende a automatizarse bajo el imperio de la máquina.
La automatización también trae consigo un proceso de despersonalización que aparece, a esta altura, como difícil de revertir. En organizaciones y empresas se sostiene que, aun cuando la inteligencia artificial asuma nuevas funciones, la persona seguirá estando “en el centro”. Sin embargo, la percepción que surge de este proceso es la contraria: la máquina y la cultura utilitarista que la acompaña parecen desplazar a las personas de ese lugar central.
El debate no se limita a la eficiencia ni a la incorporación de nuevas herramientas. También involucra las habilidades que se delegan en la inteligencia artificial y su relación con el desarrollo de la subjetividad. A medida que la productividad se convierte en el valor dominante, queda abierta la pregunta sobre qué espacio permanece para la creatividad y para la dimensión personal del trabajo.



