El temor a que una tecnología reemplace a los trabajadores no es nuevo. Una historia situada en 1982 cuenta que el sindicato de músicos de Gran Bretaña intentó prohibir el uso de sintetizadores porque consideraba que podían poner en riesgo numerosos puestos laborales. La preocupación se apoyaba en una capacidad concreta: un solo instrumento electrónico podía reproducir el sonido de 40 violines.
El conflicto coincidió con una gira de Barry Manilow, el cantante estadounidense que atravesaba el pico de su carrera. Para sus presentaciones, el artista había decidido sustituir una big band integrada por decenas de músicos por un sintetizador capaz de simular el sonido de una orquesta completa. Para los sindicalistas, ese espectáculo funcionaba como una demostración de que la nueva tecnología podía desplazar a los intérpretes y, por eso, debía ser prohibida.
Con el tiempo, sin embargo, la música tomó otros caminos. Muchos músicos especializados en instrumentos acústicos incorporaron herramientas electrónicas, mientras que la industria de los espectáculos musicales se expandió de manera notable, como reflejan los numerosos conciertos exitosos realizados en el Movistar Arena. La conclusión de esta historia es que la innovación no necesariamente elimina una actividad: también puede modificarla y abrir nuevas posibilidades laborales.
Ese antecedente vuelve a circular por su semejanza con el debate actual sobre la inteligencia artificial y su impacto en el empleo, especialmente en las tareas cognitivas. El informe “Economic Scenarios for Transformative AI”, publicado este mes por Anthropic, plantea tres posibles niveles de impacto sobre ese tipo de trabajo: modesto, sustancial y extremo. La comparación con la llegada de los sintetizadores busca poner en perspectiva una discusión que, aunque presenta riesgos diferentes, vuelve a enfrentar el avance tecnológico con el temor a la pérdida de empleos.



