Silvia Woskoboynik, una mujer de 70 años, se encuentra inmersa en una rutina laboral que desafía las expectativas de su jubilación. Desde hace un tiempo, su vida ha cambiado drásticamente, llevándola a trabajar entre 10 y 11 horas diarias como conductora para una aplicación de viajes. A pesar de contar con más de 35 años de aportes y haber ejercido como licenciada en Sistemas y Administración de Empresas, la realidad económica actual la obliga a depender de tres fuentes de ingreso para poder sostener sus gastos cotidianos.

Cuando Silvia se jubiló en 2014, su expectativa era disfrutar de un descanso merecido tras tantos años de esfuerzo. En aquel entonces, la jubilación le permitía cubrir sus necesidades básicas y, en ocasiones, darse algún gusto adicional, como viajar o salir con amigos. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa situación se tornó insostenible. La pérdida de poder adquisitivo y el aumento de los costos de vida la llevaron a buscar opciones laborales que complementaran su pensión, que ahora considera insuficiente para llegar a fin de mes.

El deterioro de las jubilaciones es un fenómeno que ha impactado a muchos argentinos, y la experiencia de Silvia es un ejemplo claro de esta tendencia. Aunque su pensión no es la mínima, ha notado cómo su ingreso ha ido perdiendo valor frente a la inflación. "La diferencia entre las distintas jubilaciones se ha reducido tanto que ahora se siente como si todos estuviéramos en un mismo nivel de precariedad", comenta Silvia. Este cambio es atribuible a las modificaciones en la movilidad previsional, que, según ella, han acentuado la pérdida de valor de su pensión en el tiempo.

Un dato revelador aportado por el periodista Fede Mayol destaca que, en la última década, la jubilación mínima ha perdido aproximadamente el 40% de su poder adquisitivo. Si en 2015 equivalía a unos $700,000 en términos actuales, hoy, incluso con el bono, se reduce a alrededor de $443,193. Esta situación ha llevado a muchos jubilados a buscar trabajo adicional para subsistir, un fenómeno que Silvia ha vivido en carne propia.

El desgaste físico también ha sido un costo personal para Silvia. A pesar de experimentar problemas de ciática debido a sus largas jornadas al volante, asegura que el trabajo la mantiene activa y distraída. "Al final del día, a veces me cuesta hasta bajarme del auto, pero mientras manejo, el dolor se minimiza", relata. Sin embargo, esta rutina no está exenta de riesgos. Silvia prefiere trabajar únicamente en la Ciudad de Buenos Aires y, siempre que puede, acepta viajes de pasajeras mujeres. Esto se debe a una experiencia traumática que vivió, cuando una pasajera extranjera fue asaltada mientras circulaban por una autopista. La falta de respuesta inmediata por parte de la Policía en ese momento dejó una huella en su perspectiva de seguridad.

La situación de Silvia no es aislada; muchas de sus amigas se encuentran en una situación similar, luchando para llegar a fin de mes. "Algunas trabajan en dos empleos para poder mantener sus hogares, mientras que otras dependen únicamente de su jubilación, lo que implica un esfuerzo enorme", cuenta. Este fenómeno de jubilados que deben seguir trabajando resalta una realidad preocupante en la que las expectativas de una jubilación tranquila se ven frustradas por la situación económica del país.

La vida de Silvia ha cambiado de maneras que nunca imaginó. Actividades sociales que antes eran parte de su rutina, como ir al teatro o salir con amigos, han quedado relegadas por razones económicas. "Hay meses en que ni siquiera puedo salir con amigas porque no llego a fin de mes", admite, reflejando la dura realidad de muchos jubilados en Argentina. A pesar de esta adversidad, Silvia mantiene la esperanza y la determinación de seguir adelante, buscando adaptarse a las circunstancias que enfrenta cada día.